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J.R.R. TolkienEl Señor de los Anillos, de J.R.R. Tolkien. Una historia que habla de nosotros

Tolkien, refiriéndose a El Señor de los Anillos, repitió muchas veces que no se trataba de una obra estrictamente alegórica. No era una historia que hablara de otra historia, como por ejemplo Narnia, de su amigo C.S. Lewis, que está llena de paralelismos con la visión cristiana de la historia de la salvación (donde, por ejemplo, Aslan representa claramente a Cristo). La opción de Tolkien es algo más compleja.

Todo el trabajo de Tolkien es la construcción de una leyenda, un mito, porque, como dice en una de sus cartas, «las leyendas y los mitos encierran no poco de ‘verdad’; por cierto, presentan aspectos de ella que solo pueden captarse de ese modo» (Carta 131). Por eso, aunque en la obra no faltan símbolos que pueden parecer muy explícitos (hablaremos de alguno más adelante), los paralelismos más interesantes están mezclados unos con otros, enredados en la acción y ensombrecidos con aspectos contradictorios. ¡Qué casualidad!, como ocurre con muchos aspectos de nuestra vida, en los que es imposible separar del todo el trigo y la cizaña.

El Señor de los Anillos ofrece aventuras, emociones y entretenimiento para cualquiera que se embarque en su lectura, y hasta el lector más superficial es capaz de sacar una experiencia apasionante, pero para los lectores más suspicaces, que buscan bajo las apariencias más evidentes, les ofrece un tesoro sorprendente, escondido bajo todo este sistema de evocaciones y sugerencias: una historia que habla de nosotros mismos.

 

No solo los hombres son hombres

Uno de los aspectos más atractivos de esta historia es la existencia de diversos pueblos habitando la Tierra Media: hombres, hobbits, elfos, enanos, ents, orcos, trasgos, trolls… Tolkien llama hombres solo uno de estos pueblos, pero encontramos rasgos humanos en muchos de ellos.

Los hombres (la gente grande) son más personas de acción y gobierno, que sostienen reinos y ejércitos, que se preocupan de labrar la historia. Con ellos (Bóromir, Aragorn, Éowyn, Théothen, Faramir…) se pueden identificar los dirigentes, los militares, los padres de familia, los gestores de lo temporal.

Los elfos (Elrond, Légolas, Glorfindel, Haldir, Galadriel…) vienen de tiempos antiguos, tienen una mirada de alcance sorprendente y una agilidad maravillosa. Nos hacen recordar a los grandes pensadores, los intelectuales que iluminan nuestro presente desde un pasado lejano (no olvidemos que Tolkien es profesor de historia medieval). Los elfos hacen presente el pasado, pero como desde otro mundo. Están de camino entre el pasado y la eternidad. También parecen, a veces, ángeles, espíritus puros, sin peso, sin cansancio, sin hambre. Pero también, otras veces, se muestran rencorosos, testarudos y llenos de prejuicios. Otros, como Lúthien y Arwen, abandonan esa llamada a la inmortalidad por unirse a la vida mortal de los hombres, por amor.

Los enanos (Glóin, Gimly…) son artesanos, trabajadores de la piedra y el metal, constructores de mundos subterráneos. Podrían identificarse con ellos los habitantes de las ciudades, los profesionales especializados, acumuladores de riquezas, orgullosos y testarudos. Al mismo tiempo, muestran un corazón sincero y leal, capaz de una amistad verdadera.

Los hobbits (Frodo, Sam, Merry, Pippin…) son agricultores, gente sencilla sin grandes aspiraciones, gente de campo que le gusta trabajar y divertirse sin alejarse mucho de su hogar, que disfrutan de lo cotidiano y no ambicionan la gloria. No son inmunes a la envidia y al rencor, pero tienden naturalmente a la confianza. El resto no espera grandes cosas de ellos, son el pueblo llano.

También están los magos (Gándalf, Radagast, Saruman…), personajes enigmáticos, conectados con mundos ocultos y lejanos, con misiones misteriosas y desconocidas para los demás. Tienen relación con todos los pueblos, pero no pertenecen a ninguno. Son consejeros, maestros y estrategas, pero no quieren poder ni riquezas. Parecen ser puentes con lo sobrenatural, como sacerdotes de la Tierra Media. También pueden convertirse en traidores a su vocación.

Estos cinco perfiles están representados en la comunidad del anillo, los que luchan contra el mal fraguando entre ellos una sólida amistad. Todos ellos están llenos de humanidad y el lector se siente identificado con rasgos de todos ellos. Hay otros seres que ayudan a estos a cumplir su misión, como Tom Bombadil, los Ents, incluso los espectros de los reyes traidores.

También hay otros pueblos y seres que encarnan las cualidades del enemigo, imitando torpemente las cualidades de los anteriores. Árbor, el ent, describe así a los trols y a los orcos: «Los trols son solo una impostura, fabricados por el Enemigo en la Gran Oscuridad, una falsa imitación de los Ents, así como los orcos son imitación de los Elfos». Tolkien es católico y cree en la bondad del ser humano, siendo consciente de su naturaleza herida (su naturaleza auténtica es la bondad). Por eso, a lo largo del relato se identifica a lo auténtico con el bien, y a lo falso con el Enemigo.

El lector de El Señor de los Anillos se puede mirar en muchos espejos, descubrir sus propias virtudes y miserias reconociéndolas en los personajes de esta historia. Con todos ellos nos podemos sentir identificados en algún momento, o identificar otras realidades de nuestro mundo (la naturaleza, la técnica, la tiranía…). En este mundo fantástico no solo los hombres son hombres, todos estos habitantes de la Tierra Media somos de alguna manera nosotros mismos y nos permiten hacer de esta historia nuestra historia si somos capaces de ver más allá de la acción y descubrirnos en ellos.

 

Las grandes historias no terminan nunca

Esto le pregunta Sam a Frodo antes de entrar en el antro de Ella-Laraña: «¿Las grandes historias no terminan nunca?» Frodo le responde: «No, nunca terminan como historias. Pero los protagonistas llegan a ellas, y se van cuando han cumplido su parte. También la nuestra terminará, tarde… o quizá temprano».

He aquí otra enseñanza para nuestra vida: nuestra historia personal es un episodio de una historia mayor, una gran historia. La historia de El Señor de los Anillos es la lucha del bien con el mal, nuestra gran historia es realmente esa misma lucha.

En una de sus cartas (carta 131), Tolkien confiesa que el principal héroe del relato no es Gándalf, ni Aragorn, ni siquiera Frodo, es Sam Gamyi, el sencillo jardinero que abandona su vida tranquila por ser fiel a su amigo y patrón, y va tomando conciencia de su sacrificio por el bien de la comunidad. Su historia es necesaria para el feliz progreso de la gran historia y él no puede renegar de esa misión. La toma de conciencia de Sam es uno de los hilos que va sosteniendo el relato.

Este es otro de los toques de atención con que nos interpela esta novela. Todos nosotros tenemos nuestra historia personal, que no puede desentenderse del bien de la comunidad ni de la gran historia de la raza humana, ni del devenir universal.

 

Símbolos escondidos

Decíamos antes que no faltan símbolos más explícitos de realidades sobrenaturales. Por ejemplo, las lembas y la eucaristía. El propio relato las define así: «Las lembas tenían una virtud sin la cual hacía tiempo que se habrían acostado a morir… Este pan del camino de los Elfos tenía una potencia que se acrecentaba a medida que los viajeros dependían solo de él para sobrevivir, y lo comían sin mezclarlo con otros alimentos. Nutría la voluntad, y daba fuerza y resistencia, permitiendo dominar los músculos y los miembros más allá de toda medida humana». Un auténtico maná de los Elfos, con capacidades sobrenaturales: «más allá de toda medida humana», que se potencian cuando se convierte en exclusivo (entendiendo que su exclusividad es espiritual). ¿Se puede describir mejor la eucaristía?

Otro caso es la similitud de Galadriel con la Virgen María, intercesora, maternal, proporciona regalos a cada uno que les fortalecerán en el camino. Ella conoce sus corazones y les ofrece su consuelo y ayuda.

Y así muchos más. Para saber más, es recomendable la lectura de Un camino inesperado. Desvelando la parábola de El Señor de los Anillos, de Diego Blanco y El poder del anillo. Trasfondo espiritual de El Hobbit y El Señor de los Anillos, de Stratford Caldecott.

 

El anillo del poder

El protagonismo del anillo es innegable. ¿Qué significa? ¿En qué pensaba Tolkien cuando inventó el anillo único?

El anillo es el pecado, que nace del orgullo como respuesta a la invitación de ser como dioses. Dice Elron en el Concilio de Rivendel: “Basta desear el Anillo para que el corazón se corrompa”. El anillo ofrece un poder que promete libertad, pero que inmediatamente se convierte en esclavitud y sumisión al Enemigo. Ofrece la invisibilidad de los que te rodean, pero le da visibilidad al Ojo del Enemigo. Cuanto más tiempo se usa, más esclaviza, más pesa, su posesión se convierte en el único deseo.

Solo el fuego secreto lo puede destruir, no puede hacerlo la fuerza humana (ni los hombres, ni los elfos, ni los enanos…). Sólo una fuerza sobrehumana (sobrenatural) puede destruirlo, pero necesita una voluntad humana para completar su destrucción.

Sus efectos quedan marcados después de abandonarlo, así lo testimonia el propio Frodo: «Aunque vuelva a la Comarca, no me parecerá la misma; porque yo no seré el mismo. Llevo en mí la herida de un puñal, la de un aguijón y la de unos dientes; y la de una larga y pesada carga. ¿Dónde encontraré reposo?».

El sacrificio del portador del anillo queda patente: «Así suele ocurrir, Sam, cuando las cosas están en peligro: alguien tiene que renunciar a ellas, perderlas, para que otros las conserven».

A Sam le quedará una tarea más, perpetuar la memoria del Gran Peligro y el amor por todo lo redimido tras su destrucción: «Perpetuarás la memoria de una edad ahora desaparecida, para que la gente recuerde siempre el Gran Peligro, y ame aún más entrañablemente el país bienamado. Y eso te mantendrá tan ocupado y tan feliz como es posible serlo, mientras continúe tu parte de la Historia».

Este es el mensaje que nos queda a los lectores, perpetuar la memoria del Gran Peligro y amar entrañablemente lo que nos rodea. Quizá esa es nuestra parte de la Historia.

 

 

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