Ana Iris SimónReseña de “Feria” de Ana Iris Simón

Quería traer aquí un libro reciente que ha causado una interesante conmoción en el panorama cultural. Ana Iris Simón, una joven periodista, nos ofrece un relato original, fresco y fuertemente autobiográfico en el que cuestiona, a la luz de su propia experiencia, algunos lugares comunes asentados en el imaginario de la España de hoy. Nos habla de la feria de la vida.

Con una prosa fluida, con pocas comas, a modo teresiano de volcar en el papel el flujo verbal del pensamiento, Ana Iris repasa sus recuerdos familiares y las costumbres de su infancia con el sentimiento de que aquel mundo era, en muchas cosas, mejor que el que, siendo adulta, le ha tocado vivir, o más bien, que ha decidido voluntariamente vivir. ¿Cuál ha sido el error de esa decisión? ¿Dónde está el problema? ¿Por qué hemos perdido más que lo que hemos ganado?  Ese es el punto de partida del libro:

«Igual me da envidia la vida que tenían mis padres con mi edad porque a veces, sin casa y sin hijos en nombre de no sé muy bien qué pero también como consecuencia de no tener en el horizonte mucho más que incertidumbre, daría mi minúsculo reino, mi estantería del Ikea y mi móvil, por una definición concisa, concreta y realista de eso que llamaban, de eso que llaman progreso».

La feria

El repaso a los recuerdos familiares empieza por la familia materna, una familia de feriantes, nómadas durante parte del año siguiendo las fiestas populares por toda España. En los recuerdos de su infancia, la feria aparece como un símbolo de lo extraordinario, lo excepcional, que ella tenía la suerte de vivir desde dentro, yendo de pueblo en pueblo cada verano. Desde esa parte de la familia es testigo de cómo, en unos pocos años, la vida de los feriantes se hacía cada vez más difícil, porque el crecimiento económico, los centros comerciales, los bazares chinos y las piscinas de bolas habían convertido lo extraordinario en cotidiano, y por tanto, en ordinario, perdiendo su magia y su encanto.

«…antes el único sitio donde podías comprar juguetes o montarte a los caballitos o comerte una hamburguesa era la feria y ahora mira… …la vida, el mundo, nuestra propia existencia se había convertido en una.»

La sociedad de consumo, la primacía del ocio, el abandono de la austeridad por el imperio del capricho en la vida cotidiana, estaban acabando con la excepcionalidad de la feria, y eso era, más que una conquista, una profunda pérdida. Convertir nuestra vida en una feria es una dinámica destructiva, para la feria y para la vida.

Los Simones

La otra perspectiva del relato nos llega por la familia paterna, campesinos de tradición comunista («Mi padre es comunista porque mi abuelo es comunista y mi bisabuelo murió exiliado en Francia por comunista»), de fuerte arraigo manchego (de Campo de Criptana) y fuertemente unida: abundante en chavalería y apiñada en torno a los abuelos.

La Mancha, como paisaje y como referencia (el viento, el Quijote) también toma protagonismo como parte constitutiva del entorno familiar. El pueblo y sus habitantes solo se entienden arraigados en su tierra: «… tendré que decirte…que es de esa tierra naranja de donde venimos, que ese manto de esparto que no acaba nunca es lo que eres».

Hacia este lado de sus recuerdos, contrastan las convicciones vitales de su gente con la deriva de cierto discurso político de la izquierda cada vez más hostil con la familia, la patria, lo masculino y lo femenino. La reivindicación de las raíces, los vínculos y la naturaleza de lo humano se hace patente en la valoración de los recuerdos que dejan huella en el corazón de la protagonista.

La reacción

Pero lo más sorprendente de este libro han sido las reacciones tan virulentas que ha provocado. Parece que en la crítica desde la izquierda se han visibilizado dos corrientes marcadamente distintas, los que, solidarios con la crítica implícita en el relato, quieren recuperar el sentido humano del progreso, recuperando los valores de la familia, la patria y el arraigo de las costumbres populares, como fuentes de solidaridad, frente a otros que quieren arrancar todo vestigio del pasado para construir una sociedad nueva sin herencia alguna de lo que los años y las conquistas sociales han dejado atrás.

Por otro lado, desde posturas liberales y conservadoras, unos han valorado la crítica a la deshumanización de la modernidad y el sinsentido de una economía que destruye los valores, aunque otros han rechazado la responsabilidad de tal proceso, inclinándola hacia el marxismo contracultural y a la iniciativa estatalista que han destruido tradiciones e instituciones milenarias.

Es sorprendente cómo, desde posiciones de izquierdas y derechas, se puede coincidir en la gravedad de la evolución social de desarraigo, despersonalización, consumismo y ruptura del tejido social (familia, comunidad, patria), difiriendo completamente en el diagnóstico de la causa, culpándose mutuamente del origen de estos males.

Dice Ana Iris Simón en la introducción del libro: «…no parecemos darnos cuenta y ese es uno de los logros del liberalismo: que sus lógicas nos han calado hasta los huesos sin que reparemos mucho de ellas. Su mayor logro, además de haberse hecho pasar por la neutralidad, por la ausencia de ideología, por lo normal y lo aséptico, ha sido hacernos olvidar que en paralelo a su modelo económico corren también unos valores». Palabras similares podemos encontrar en pensadores conservadores, cambiando liberalismo por marxismo o populismo y modelo económico por modelo de estado social. Quizá sea un buen momento para que personas con sentido común desde distintas perspectivas o preferencias políticas se escuchen mutuamente y analicen la causa profunda de los problemas para unificar el diagnóstico. Con palabras diferentes están hablando de lo mismo.

Dios y el paisaje

Finalmente, la razón principal de incluir este libro en este blog, dedicado a la literatura cristiana, es la peculiar presencia de Dios en la experiencia volcada en este libro. En este relato, Dios forma parte del paisaje. Esta expresión puede parecer algo frívola antes de leer el libro, pero no es así. El paisaje es toda una declaración de lo real, de la naturaleza de las cosas, la esencia que constituye el ser de cada ente. Dios está presente, porque si no no habría paisaje, ni personas que lo habiten.

Copio estas dos frases como ejemplo y conclusión de este último comentario, dejando al lector continuar de su cosecha la reflexión que merecen:

«El Olimpo, el Parnaso, el Monte Kailash, el Sinaí, el Pico de Adán, el Uluru… Hace falta valor y saber mirar para percibir la grandeza de Dios en una llanura.

La única hierofanía posible en La Mancha se produce si uno alza la vista y comprende que igual es sobria y austera en el suelo poque robar protagonismo a esos cielos no sería de ley y para comprender eso también hace falta valor y saber mirar, concretamente hacia arriba, más allá de uno mismo.»

Crítica a la modernidad

Desde una aproximación muy diferente y con estilos dispares, no faltan paralelismos entre este relato y otro comentado previamente en este blog: El despertar de la señorita Prim. Ambos incluyen una crítica a la modernidad por su fuerza desvinculadora y su capacidad destructiva de sentido.

Feria comienza con una queja sobre el sentido del progreso, que esconde una pregunta sobre el sentido de la vida, y va desgranando la respuesta desde las experiencias de una familia del entorno rural de la meseta castellana. El despertar de la señorita Prim, describe un lugar utópico, también en el entorno rural, donde el sentido de las cosas va por delante de las propias cosas y los seres humanos son la medida de los trabajos y los tiempos.

Dos lecturas interesantes para debatir sobre la gravedad de la destrucción de la vida rural y sobre el tipo de mundo que queremos construir.

 

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