Charles Peguy

Charles Peguy

“El pórtico del misterio de la segunda virtud” de Charles Péguy.

 

Charles Péguy (1873-1014) fue un pensador, filósofo, editor y poeta, un hombre inquieto, de convicciones profundas y difícil de clasificar: católico (converso en 1907) pero apartado de la vida sacramental hasta pocos días antes de su muerte, socialista combativo pero contrario al partido socialista francés, intelectual pero sin títulos universitarios, poeta comprometido con la belleza y, a la vez, editor activista. Con aciertos o con errores, siempre luchando por la esperanza de los hombres.

En 1911 publica esta obra, un poema largo en forma de monólogo en el que Dios habla de la Esperanza por boca de una madre de familia. Este poema de Péguy llama la atención por dos características muy peculiares: la repetición y la originalidad de sus imágenes, desarrollando una perspectiva teológica sorprendente que invita a contemplar la virtud de la esperanza desde perspectivas muy diferentes.

 

La repetición

El recurso estilístico que más utiliza Péguy en sus poemas es la repetición, en todas sus variantes. Al leer podemos tener cierta sensación de cansancio, como ante las olas que repetidamente rompen contra la costa, pero es la cadencia que utiliza el poeta para ir girando el sentido de sus imágenes, desplazando al lector alrededor de una idea para mostrarle nuevas perspectivas.

 

Las sorprendentes imágenes

Péguy se convierte en teólogo cuando busca imágenes poéticas que expliquen los misterios teológicos. Para explicarlo apunto algunas de las imágenes que aparecen en este libro:

La esperanza es una niña pequeña que tira de sus hermanas mayores

Es la imagen principal que recorre todo el libro. La Fe y la Caridad son adultas, con papeles definidos. La Esperanza es traviesa y rompe con lo establecido:

La Fe es una Esposa fiel.

La Caridad es una Madre.

La Esperanza es una niña de nada.

Pero esa niñita de nada atravesará los mundos.

Esa niñita de nada.

Sola, llevando a las otras, atravesará los mundos concluidos.

Los niños son para Péguy la razón de los esfuerzos de los padres (reflexión inquietante en esta época en la que la natalidad está llegando a mínimos), porque sin niños no hay futuro y no hay esperanza. Una niña se convierte en un símbolo para entender la Esperanza.

… Qué haría uno, qué sería uno, Dios mío, sin los niños. Qué vendría uno a ser.

Y sus dos hermanas mayores saben bien que sin ella no serían sino servidoras de un día.

Solteronas en una choza.

La esperanza de Dios

Péguy se pregunta por qué hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por cien justos. Responde: porque Dios ve cumplida su Esperanza. Dios se ha adelantado, antes de que nosotros tengamos esperanza en él, él ha tenido esperanza en nosotros.

Esa es la grandeza, (oculta), la fuente increíble de grandeza que hay en la penitencia.

Quizá la más gloriosa de todas. Es que una penitencia del hombre

es un coronamiento de la esperanza de Dios.

Dios, que es todo, ha tenido algo que esperar, de él, de ese pecador. De esa nada. De nosotros. Ha sido llevado a ese punto, se ha llevado a ese punto, a esa situación de tener que esperar, que aguardar a ese miserable pecador.

Todos los sentimientos que debemos tener para con Dios, Dios ha comenzado a tenerlos para con nosotros.

 El alma y el cuerpo son como el tiro y el arado

El alma tira del cuerpo como el buey tira del arado, pero su labor es inútil tanto si el arado no está bien clavado en la tierra como si el buey no tira con fuerza. Lo carnal toma sentido espiritual sin dejar de ser carnal, bien hundido en la tierra.

Así el alma, ese animal de labranza, y de una labranza terrestre,

de una alabanza carnal,

no solo el alma debe moverse y llevarse sobre las cuatro virtudes,

tirar de sí y arrastrarse a sí misma.

Sino que tiene que mover y llevar,

todavía tiene que tirar y arrastrar

ese cuerpo inmerso en la tierra que ara tras ella la gleba de la tierra.

 

Poema para un tiempo sediento de Esperanza

La figura de María, la relación de lo eterno y lo temporal, el equilibrio entre la acción y la pasividad, son otros temas en los que profundiza este largo poema, siempre en torno a la singularidad de la Esperanza, que no es una virtud como las otras.

Extraño poder de la Esperanza, extraño misterio, no es una virtud como las otras, es una virtud contra las otras.

Se enfrenta a todas las otras. Se adosa por así decir a las otras, a todas las otras.

Cuando todo desciende solo ella remonta y así los duplica, los decuplica, los agranda hasta el infinito.

 


(Todos los textos citados corresponden a El pórtico de la segunda virtud, de Charles Péguy. Ediciones Encuentro, Madrid 1991. Traducción de José Luis Rouillon Arróspide)