El deseo que te arrastra

mannThomas Mann, alemán, premio Nobel de Literatura en 1929, publica esta novela en 1914.

El protagonista, Gustav Aschenbach, es definido por el autor como ‘artista’, aunque hoy día le denominaríamos un intelectual esclavo de la norma. Un hombre que supedita “las expansiones de su impulso creador” al dominio de “la razón y la autodisciplina practicada desde sus años juveniles“. Aquello que esperaban de él, era la norma fundamental de su conducta, y la obtenía gracias a su esfuerzo y disciplina. Él “era el poeta de todos los que trabajan al borde de la extenuación, curvados bajo una excesiva carga, exhaustos, pero aún erguidos; de todos esos moralistas del esfuerzo que, endebles de constitución y escasos de medios, logra, al menos por un tiempo, producir cierta impresión de grandeza a fuerza de administrarse sabiamente y someter su voluntad a una especie de éxtasis“.

Este hombre, que ha basado su vida en la lucha contra su sensibilidad irracional, siente de pronto una presencia nueva, ahí comienza la historia. La novela está llena de simbolismos que no hay que dejar escapar y que el autor introduce con maestría, como de forma casual, sin ningún tipo de violencia, aún corriendo el riesgo de pasar desapercibidos. Aparece el deseo, junto al cementerio, a la puerta de una iglesia, de forma que “era difícil determinar si había salido de la capilla por la puerta de bronce, o si, viniendo de fuera, había subido allí de improviso”. Es el deseo, que aparece entre la muerte y la gloria, pero que no sabemos si va o viene de una a la otra, o simplemente ha aparecido ahí. El deseo que el protagonista no puede resistir y que le contagia un impulso imparable a viajar.

Gustav es un maestro en el control de sus valores conscientes, esos que buscan la verdad por el camino de la razón, pero es un completo ignorante respecto a sus valores inconscientes, esos que buscan la verdad por el camino de la belleza (los deseos, los gustos), y que si no se sacan a la luz de la conciencia, acabarán apoderándose de todo y llevando la vida a la ruina completa.

El gondolero que le lleva a donde él no quiere ir (¿o sí quiere ir?), el bufón que hace reir a todos en el más absoluto sinsentido para luego burlarse de todos ellos, son dos imágenes del deseo que arrastra por la parte inconsciente de nuestra voluntad. Poco a poco Gustav se va convirtiendo en lo que inicialmente desprecia: el espantoso viejo que pretende hacerse pasar por jovenzuelo.

Repasad el diálogo con el gondolero, ¿dónde están el poder y la libertad de Gustav? Rendidas ante el gusto de ser “bien conducido”. Allí se rinde por completo.

Luego conoce a Tadzio, y Gustav vuelve a rendirse ante un nuevo gondolero, su sensibilidad estética, que se ha erigido en el nuevo centro de mando de su vida. Pierde inicialmente su saber estar, su discreción. La abortada marcha, frustrada claramente por su propia pereza, es otro signo de su progresiva rendición. Una rendición cobarde, incapaz de enfrentar conscientemente el problema. Luego pierde su dignidad, maquillándose como el viejo que inicialmente despreciaba, y su vergüenza, persiguiendo a Tazio por toda la ciudad. Sabe que está arriesgando su vida, y poniendo en grave peligro la de Tazio -detalle que descarta cualquier vestigio de amor sincero-, pero sigue esclavo de su pasión.

En los sueños se relata su lucha intelectual, entre la búsqueda de la verdad y la búsqueda de la belleza. Al final, Sócrates se sincera ante Fedro: el conocimiento es estéril, porque no tiene forma, es el abismo; la belleza es la única manera de llegar a la verdad, pero el camino es letal, porque lleva al hombre a entregarse a la embriaguez y al deseo, y por tanto, también acaba en el abismo. Finalmente, el maestro Gustav Aschenbach, se rinde y le pide a sus jóvenes discípulos que le pierdan de vista y le abandonen: “Tú quédate aquí, y sólo cuando ya no me veas, márchate también”.

Gustav se ha rendido ante el atractivo del abismo, que se le impone como irrenunciable, sólo le queda probar la fruta contaminada, calmando un impulso de sed y agotamiento, y la naturaleza se encargará del resto.

Algunos críticos han visto esta novela como un desahogo autobiográfico del propio autor, otros como un relato inspirado en la vida del compositor Gustav Mahler, otros como una parábola de la modernidad en su camino hacia el nihilismo postmoderno. Independientemente de todo eso, creo que cada uno puede descubrir, en este triste y hermoso relato, mecanismos y comportamientos que se repiten en nuestra experiencia personal y social.

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